Madrid: El Teatro de la Zarzuela repone “Pan y Toros”

Madrid, Teatro de la Zarzuela, temporada 2022/23
“PAN Y TOROS”
Zarzuela en 3 actos. Libreto de José Picón.
Música
Francisco Asenjo Barbieri
Nueva producción del Teatro de La Zarzuela, Edición crítica de Emilio Casares y Xavier de Paz (Ediciones Iberautor Promociones Culturales, SRL / Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2001)
Doña Pepita YOLANDA AUYANET
Princesa de Luzán CAROL GARCÍA
Capitán Peñaranda BORJA QUIZA
La Tirana MILAGROS MARTÍN
Goya GERARDO BULLÓN
Duquesa MARÍA RODRÍGUEZ
Abate Ciruela ENRIQUE VIANA
Corregidor Quiñones PEDRO MARI SÁNCHEZ
Pepe-Hillo CARLOS DAZA
Pedro Romero PABLO GÁLVEZ
Costillares JOSÉ MANUEL DÍAZ
El General PABLO LÓPEZ
Ciega LARA CHAVES
Padre ciego SANDRO CORDERO
Santero ALBERTO FRÍAS
Jovellanos CÉSAR SÁNCHEZ
Niño ciego JULEN ALBA.
Orquesta de la Comunidad de Madrid Titular del Teatro de La Zarzuela Coro del Teatro de La Zarzuela, Rondalla Lírica de Madrid «Manuel Gil»
Dirección musical Guillermo García Calvo
Director Antonio Fauró
Dirección de escena Juan Echanove
Escenografía y vestuario Ana Garay
Iluminación Juan Gómez Cornejo
Coreografía Manuela Barrero
Videoescena Álvaro Luna
Madrid,
6 de octubre de 2022
«Saber escribir con pocas notas melodías que conmueven, que iluminan, que nos hacen soñar y ser felices por unos instantes, es uno de los misterios de la creación artística…”. Guillermo García Calvo.
Pan y toros (en una alusión inconfundible con el Panen et circenses romano, esta frase se origina en Roma en la Sátira X del poeta latino Juvenal (circa 100 A. D.)), narra la supuesta conspiración creada por unos cuantos españoles liberales, ansiosos de conseguir que Carlos IV (de Borbón) gobernase por sí mismo en vez de vivir sometido al valido Godoy, conocido amante de la reina además.
La partitura consta de 15 números musicales, casi todos de una estructura poliseccional. Se inicia con una introducción instrumental, con los dos ambientes sobre los que se apoya la obra: el dramático inicio con la referencia a la Marsellesa y las luchas intestinas por el poder, y el cómico, representado por la música de carácter popular hispano. La obra, que pertenece a una tipología de zarzuela histórica, tiene el sistema formal de zarzuela grande, y el tema, histórico, es de gran interés, ya que representa dos bandos: por un lado, a Godoy y sus partidarios, Doña Pepita, la Duquesa, el Corregidor y el General serían el símbolo del oscurantismo, mientras que Jovellanos -que aparece como héroe salvador-, apoyado por Goya, la Princesa de Luján, Floridablanca, el Capitán Peñaranda, el Abate, manolos y manolas, toreros y pueblo, ejemplificarían el progreso y un titileo lejano de las Luces del XVIII. Peculiar elección hizo el pueblo español, apoyando a los reyes Carlos IV (un inepto) y Fernando VII (un tirano), descendientes del francés Luis XIV, en contra del bonapartismo de José I, rey efímero, hermano de Napoléon. Los candidatos a gobernar España eran en realidad todos franceses, pero los reyes borbones fueron percibidos como castizos, legales y necesarios defensores del interés y el espíritu nacional.
Por supuesto, la presencia del coro en la obra de Barbieri, y en esta zarzuela en concreto, es de gran importancia y está como siempre a la altura en lo escénico y lo vocal, a las órdenes de su director habitual, Antonio Fauró. Muy bonita y evocadora la
Rondalla Lírica de Madrid «Manuel Gil», que actuó además amenizando la llegada del público, en la Plazuela de la calle Jovellanos. Elegante también y adecuada como suele, la dirección de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, en una batuta que siempre intenta ajustar instrumentos y voces, de Guillermo García Calvo, que sabe cómo respira el Teatro de La Zarzuela.
Un trío de ases ideal podría delinearse y se hace, con la dirección escénica de Juan Echanove, actor de larga trayectoria que ahora toma el camino de la “regia” lírica, siempre a tiempo de revelar una creativa y desconocida faceta de sus capacidades interpretativas y artísticas. Si esta es la primera ocasión que dirige, qué no podrá llevar a cabo en las próximas, que es deseable que sean muchas. Se ha adaptado como un guante a la sala, la idiosincracia del teatro de la calle Jovellanos, su historia y sus gentes, todas. Consiguió coherencia y sensibilidad del todo teatral, luz y frescura en una producción necesariamente complicada y densa, llena de cosas y de artistas en el escenario, al límite de su capacidad.
Pan y toros tuvo influencias posteriores al estar muy comprometida con la historia, hasta el punto de que, tres años después de su estreno, Isabel II prohibió la obra. Y no solo eso, sino que también prohibió incluso que las bandas hicieran uso del célebre pasacalle de la manolería. En esta ocasión, el día del estreno que se reseña, fue una fiesta, abajo y arriba en el “palcoscenico”, en ambos lugares desfilaron famosos de todas clases, políticos, socialités, críticos, acompañantes, compositores, cantantes de visita, convirtiendo el pasillo del patio de butacas y los propios asientos en una algarabía propia de la situación de apertura de temporada y de producción.
La composición ha sido repuesta en ese mismo escenario en 2001 y esta temporada y el teatro celebrará los 200 años del nacimiento de Barbieri, dedicándole el palco número 5 de la platea.
El montaje cuenta, asimismo, con la sorprendente escenografía y el vestuario fidedigno y sutil de Ana Garay, una adecuada iluminación de Juan Gómez Cornejo, la constante y esclarecedora coreografía de Manuela Barrero y la videoescena goyesca y soñadora de Álvaro Luna con la colaboración de Elvira Ruiz Zurita.Serán, además, dos extensos repartos los que cantarán la obra genial de Barbieri. El del estreno contó con la soprano Yolanda Auyanet, muy en su papel, desenvuelta, eficaz, la mezzosoprano Carol García, con una prestación segura, sólida, en el trío protagonista que se completa con el barítono Borja Quiza, siempre galán, seductor y redondo en su actuación y en el instrumento, dotado y a punto. Muy bien la soprano Milagros Martín como la Tirana, el barítono Gerardo Bullón, en un Goya fantaseado que podría ser muy real con la historia del pintor, la mezzosoprano María Rodríguez, excelente, el tenor Enrique Viana, con una voz pequeña pero sabedor de todo lo que se refiere a las tablas de un escenario y el actor Pedro Mari Sánchez, cumplidor con creces de su corregidor. Mención aparte merecen por su desenvoltura y defensa de unos roles que no son secundarios, sino acompañantes dignos y sensibles, los barítonos Carlos Daza, Pablo Gálvez, José Manuel Díaz (los 3 toreros) y Pablo López (el general), el tenor-actor Alberto Frías (el Santero), el actor César Sánchez (Jovellanos), la actriz-cantante Lara Chaves (la madre) y los actores-cantantes Sandro Cordero ( el padre) y Julen Alba (el niño), así como quince bailarines-actores, todos de lujo, como la idea de totalidad y equipo que tienen todos los que trabajan y crean en el teatro de La Zarzuela: del director artístico Daniel Bianco, con un abanico, muy apropiado a la temática de la obra y a la inquietud por el resultado, en el estreno, a la Prensa y Comunicación de Juan Marchán, todos son un alma y un proyecto común, como los tres mosqueteros de Alejandro Dumas (y D´Artagnan ), pero a lo grande. Fotos, Javier del Real

 

 

 

 

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